Cada hombre, cada dios
El diablo debía estar muy aburrido para haber acudido a mi llamado. Ahora, puedo entender por que Dios lo quisiera a su lado.
Quizás estos libros se han vuelto más jóvenes entre mis manos o quizás devoran mi juventud para sobrevivir. En realidad no tenía la menor intención de madurar cuando lo hice.
Los libros del señor Gómez me hablaban. Se escondían de los demás. Me decían cosas que nadie más podía oír. Que nadie más quería oír.
Esta noche no puedo evitar pensar en el principio. La secuencia de eventos que se despertaron el día que llegue al Tequendama, el lugar de recreo del Zipa. Unos años después de que los españoles terminaron las casas y empezaron a mudarse a nuestras tierras, el Zipa, agobiado por las heridas de tortura, nos había mandado a llamar por las habilidades de mi padre para curar. Los españoles nos capturaron con mi madre y mi padre por el camino de Iguaque y nos trajeron hasta acá. Hasta Santa Fe. El lugar hedía, se podía oler el lodo de tierra fresca cociéndose en las fogatas y el pasto en las paredes aún clamaba por sus raíces; apestaba a muerte. A muerte blanca.
Entonces supe que jamás volvería a ver a mis padres. A ellos, después me enteré, el Oidor les quitó las orejas y la nariz en el rollo de picota en la plaza mayor, acusados de haber robado unos adornos de la señora Fernández de Piedrahita
Cómo si a mi padre le hubiera echo falta algo que ella tuviera.
Él proveía. Él daba. Ese era su don, dar vida.
El señor Gómez me atendió a mí.
Me enseñó buen español, no con el que maltrataba a los demás Chibchas. Aunque aprendí a hablarlo bien, los demás españoles no me trataban con la misma cortesía, nadie lo hacia.
Un tiempo después de haber llegado, cuando los Chibchas terminaron de construir nuevas casas para los españoles, se empezaron a hacer planes para la celebración de bienvenida de un barco que llegaría pronto de España.
“Como en España” - muchos decían. -“Vamos a celebrar como si fuera casa.” Y escribían cartas a sus familiares diciéndoles “Ojalá lleguen pronto.”
Malditos, esta es mi casa, ojalá no hubieran llegado nunca.
Con el español bien hablado también vinieron beneficios que ahora, parado en el borde del salto de Bochica, aborrezco.
Mis beneficios me separaban de los demás, los españoles no me consideraban digno de hablar entre ellos; los Muiscas creían que había olvidado a Chiminigagua.
El señor Gómez me enseñó a leer como uno enseña a un perro a saltar por un pan.
Yo entendía muy poco. Realmente no entendía nada en ese momento. Sin embargo lo disfrutaba, poco a poco las letras se convirtieron en el cáliz de mi sangre.
Leía todo lo que la familia del señor Gómez tenía en la casa.
La luz de las velas, que iluminaba mi estancia por las noches cuando robaba algún libro de la biblioteca, eventualmente marcó el lado derecho de mi cara y casi me mata un día al tratar de ocultar su fulgor bajo una manta.
El Señor Gómez se limitó a reírse cuando le confesé por qué se había incendiado mi cuarto. Le parecía curiosa mi pasión por la lectura.
Con el tiempo y la muerte de su esposa, unos dos años después de mi llegada, su risa se perdió entre lágrimas para mezclarse en el rostro del que no tiene con quien hablar y se embeleza compartiendo con quien le preste oído.
Como un loco, me hablaba de cosas increíbles. Mas esta vez no sólo le escuchaba, le entendía.
Sus labios, rojos por el licor que ingería a toda hora para disipar su “modorra santafereña”, me hablaban de raros y extraños sucesos que con el tiempo se fueron, desafortunadamente, volviendo comunes para mí.
Sus historias, que un principio pensé fantásticas y remotas, como los cuentos de caballeros que leía, se escondieron del día en el dominio de Chia. Nunca más las volví a oír a la luz de Xué.
“¡Nüsh Sugoth!” - maldecía borracho y perdía el conocimiento.
A la mañana siguiente, como si nada, se disponía a sus labores “feudales”, o así llamaba él a golpear a mi gente.
Mi gente (¿mía? no, ahora los “míos” también me trataban mal) me oían hablar el español de los chapetones y ahora me odiaban tanto como a ellos.
Sin embargo, mi sonrisa nunca se alejaba de Bacatá, mi tierra. Me gustaba pensar que algún día la gente a la que una vez pertenecí, me rescataría y me considerarían uno más entre ellos.
Iluso.
¿Dime noche por qué tenía que pasarme esto?
Con todo el poder que ahora poseo sólo quiero terminar con mi vida.
Las lunas pasaron como si fueran segundos. Mi pelo, que siempre había sido claro, se ennegreció al avanzar mi edad y perdí los rasgos de niño. El señor Gómez, queriendo inútilmente salvar mi alma, arregló mi estadía en la recién inaugurada iglesia Primada.
Hubiera preferido labrar pantanos. Mis días se amargaron al conocer al Dios silente que veneraban ente las paredes de este antro de silencio y perdición.
Hoy maté al padre Hidalgo Costilla. Él se lo buscó; ya estaba muriendo cuando lo encontré. Sólo me limite a terminar lo que él había empezado.
Lo conocí a los pocos días de empezar mi trabajo en la iglesia. El recién llegado Hidalgo me pidió que sacara sus pertenecías y las acomodara en sus aposentos.
La mitad de las cajas que traía estaban llenas de libros. Libros gordos, pequeños, largos, altos, viejos, nuevos, desgastado, podridos, en cajas, en cofres, en cuero, en tela, en lienzo, en papel y rollos en papiro.
En ese entonces creía que también había libros para leer y para ver.
Llegué a esa conclusión cuando al tratar de leer algunos, las letras no me decían nada. Algunas se podían ver pero no leer.
Cosa que me disgusto muchísimo, el Señor Gómez me había dicho un día cuando estaba sobrio, que al aprender a leer, todos los libros y sus historias se abrirían ante mi.
Mi cara de enojo debió sorprender mucho al padre en su toga negra y lo movió a preguntarme la razón de mi expresión.
Contesté como me habían enseñado - “Señor, no los entiendo. Estos nuevos libros de ver no los entiendo”.
Se sorprendió mucho al darse cuenta que sabia leer.
Después de hablar un rato, me explico que el español era solo una de las lenguas modernas del mundo, que había muchas y que algunos de esos libros estaban escritos en lenguas muertas, que antes habían sido habladas y escritas por otros pueblos. Entre las que destacó el latín, el griego y el arameo. Hizo mucho énfasis en que algunas de esas lenguas estaban prohibidas y ningún hijo de Dios debía hablarlas.
En ese momento no entendí el comentario.
Sólo cuando me di cuenta que me trataba como un animal, supe que no consideraba que teníamos el mismo padre celestial y quería tener acceso al conocimiento prohibido guardado en esos libros a través de mi.
Quería escapar del pecado en mi lectura.
Desde entonces han pasado muchas noches como esta.
En ese que fue mi cuarto, el más alto de la iglesia, nos encerrábamos a estudiar lenguas antiguas. Durante el día él se iba y me dejaba para que continuara leyendo. En las noches me escribía listas de nombres extraños que debía buscar entre los libros y asi continuaban las lecciones de la noche anterior.
Conmemoré los 5 años de haber entrado a la maldita estructura, sin haberla dejado más de 2 días, encontrado uno de los nombres por los que siempre me preguntaba.
Tenía que ser ese, pues no podía pronunciarlo y tampoco leerlo. Apenas recordaba el murmuro que hacían sus labios cada vez que lo mencionaba.
Poco a poco descubrí los otros nombres y se quedaron en mi mente hasta volverse comunes, se adentraron tanto en mí las lenguas que hasta con naturalidad corregía las lecciones de mi captor-tutor y él atendía a mi voz.
¡¡A mi voz!!
La misma con la que hoy invoqué al satanás bíblico para que me hiciera olvidar todo a cambio de mi alma.
La misma voz que lo maldijo cuando se negó a ayudarme y se fue.
Siete veces siete lo maldije hasta que lo obligué a volver para quedarse como espectador.
“Lo siento, estas fuera de mis dominios…” – me dijo con voz lacónica mientras miraba al cielo – “…de nuestros dominios. No nos perteneces.”.
Se quedó unas horas hasta que se volvió a ir y no lo volví a llamar.
Bachué y Bochica se negaron a responderme.
El cuerpo del Hidalgo se enfría mientras le grito esto al viento. Sus feligreses lo mantuvieron caliente mientras que lo insultaban en silencio en el podio. Siempre regañando, siempre advirtiendo, siempre atemorizando.
“Scire, tacere” - me dijo tratando de intimidarme mientras me entregaba un libro que no me había dejado devorar antes y se alejó pidiéndome con eso el silencio del que conoce más de lo que un hijo de Dios debería saber.
Las páginas negras del volumen me aterraron, con la luz de las llamas se veía brillar en su interior en fulgor muerto de pequeños hilos de plata que se entretejían para contar su historia. Latín. Del Viejo. Nada eclesiástico.
Durante tres semanas enteras me dediqué a estudiar este nuevo tomo sin parar. En sus últimas páginas me di cuenta de su incompletitud, de su alarde a la verdad pero de su conocimiento limitado.
En ese momento mis ojos se torcieron por el hambre. Golpeé la puerta con mis manos y mis uñas se astillaron por la madera que me aprisionaba. Unos minutos después llego él. Con el mismo plato de siempre, con ojos piadosos. “Casi un ángel”- pensé. Mientras engullía el potaje aquel, no puede evitar escupir algo de comida al reír en silencio.
Trató de salir pero lo detuve sin tocarlo. Mis ojos siempre esquivaban los suyos.
“Está incompleto” – me quejé entre bocados.
“Es apenas el primero” – respondió.
Mis ojos se abrieron de par en par y el aire se bloqueó en mi garganta por el pan.
Había más.
“¿Dónde están?” – me incorporé para mirarlo a los ojos.
Mi figura debió asustarlo, siempre me había visto sentado. Excepto, hace 8 años cuando me pidió que organizara sus cosas. Los días de postración ante sus tesoros letrados debieron haber labrado en mí su marca. Ahora mi estatura superaba su estampa. Su boca se abrió de golpe, seca y sin aliento al verme.
Ese día en mi cuarto-celda, se dio cuenta que mi cuerpo había crecido mal. Me bajó de la torre con cuidado de cerrar con candado antes de partir. Mi peso, atontando sus pasos, casi lo vence en la escalera.
Los médicos se esforzaron por darme un mejor aspecto, sin suerte. En mis adentros esperaba que conjuraran algún hechizo poderoso para que restituyera mi fuerza, mis ganas de luz. Sólo me traían polvos y grumosas bebidas que nada hacían en mí.
Creía que me consideraban indigno de practicar su magia en mí. Creí que poseían en sus cabezas el conocimiento de mil libros. Creía que realizan grandes ceremonias en Tinjacá o en Hunza y que de sus orillas sólo me traían las cenizas de las brazas mágicas.
Estúpido.
Nemquetaba perdóname, enseñaste mejor a tu gente.
Los españoles temían a todo el arte.
La mayoría no lo conocían y los más ignorantes se limitaban a ir a la misa con miedo.
Mis ojos no pudieron ver la luz del sol nuevamente sin lastimarse; mi corazón ardía en vergüenza propia. No estaba siendo privilegiado. Este conocimiento en mi seno no era su conocimiento. Temían todo lo que ahora yo representaba.
Ellos me habían sacado de mi tierra y ahora me habían abierto las puertas para sacarme de la de ellos.
Malditos.
Dentro de mí latía un odio ajeno al de un ser humano.
Por mi mente se paseaban los términos y enseñazas de las mil y una páginas obscuras, que simplificaban mí pensar y lo agilizaban, perdiendo control completamente de mis emociones.
“Gilt`süt!” – Grité en mi lecho de recuperación.
Mi cuerpo se endureció como la roca de la montaña.
“Estid Sigfuthl!” – dije al nuevo movimiento que ahora empezaba.
Se abrió mi pecho dejando salir nueva sangre, sin dolor alguno.
Mis huesos se enderezaron y me erguí aún más alto.
Subí entonces a la habitación de la torre y encontré al padre postrado frente al libro negro, convulsionando. Creo que lo mate por compasión, por evitarle el dolor en que se encontraba. Fue entonces cuando llamé a Satanás sólo para que riera de mi intento de olvido.
Después con mis palabras me elevé hasta este lugar, donde el agua cae y se estrella contra las piedras de Bochica. En esta tierra donde encontré la llave, parado ante el vacío de la noche, abriré la puerta y pondré un pie afuera.
Para siempre.
Quizás estos libros se han vuelto más jóvenes entre mis manos o quizás devoran mi juventud para sobrevivir. En realidad no tenía la menor intención de madurar cuando lo hice.
Los libros del señor Gómez me hablaban. Se escondían de los demás. Me decían cosas que nadie más podía oír. Que nadie más quería oír.
Esta noche no puedo evitar pensar en el principio. La secuencia de eventos que se despertaron el día que llegue al Tequendama, el lugar de recreo del Zipa. Unos años después de que los españoles terminaron las casas y empezaron a mudarse a nuestras tierras, el Zipa, agobiado por las heridas de tortura, nos había mandado a llamar por las habilidades de mi padre para curar. Los españoles nos capturaron con mi madre y mi padre por el camino de Iguaque y nos trajeron hasta acá. Hasta Santa Fe. El lugar hedía, se podía oler el lodo de tierra fresca cociéndose en las fogatas y el pasto en las paredes aún clamaba por sus raíces; apestaba a muerte. A muerte blanca.
Entonces supe que jamás volvería a ver a mis padres. A ellos, después me enteré, el Oidor les quitó las orejas y la nariz en el rollo de picota en la plaza mayor, acusados de haber robado unos adornos de la señora Fernández de Piedrahita
Cómo si a mi padre le hubiera echo falta algo que ella tuviera.
Él proveía. Él daba. Ese era su don, dar vida.
El señor Gómez me atendió a mí.
Me enseñó buen español, no con el que maltrataba a los demás Chibchas. Aunque aprendí a hablarlo bien, los demás españoles no me trataban con la misma cortesía, nadie lo hacia.
Un tiempo después de haber llegado, cuando los Chibchas terminaron de construir nuevas casas para los españoles, se empezaron a hacer planes para la celebración de bienvenida de un barco que llegaría pronto de España.
“Como en España” - muchos decían. -“Vamos a celebrar como si fuera casa.” Y escribían cartas a sus familiares diciéndoles “Ojalá lleguen pronto.”
Malditos, esta es mi casa, ojalá no hubieran llegado nunca.
Con el español bien hablado también vinieron beneficios que ahora, parado en el borde del salto de Bochica, aborrezco.
Mis beneficios me separaban de los demás, los españoles no me consideraban digno de hablar entre ellos; los Muiscas creían que había olvidado a Chiminigagua.
El señor Gómez me enseñó a leer como uno enseña a un perro a saltar por un pan.
Yo entendía muy poco. Realmente no entendía nada en ese momento. Sin embargo lo disfrutaba, poco a poco las letras se convirtieron en el cáliz de mi sangre.
Leía todo lo que la familia del señor Gómez tenía en la casa.
La luz de las velas, que iluminaba mi estancia por las noches cuando robaba algún libro de la biblioteca, eventualmente marcó el lado derecho de mi cara y casi me mata un día al tratar de ocultar su fulgor bajo una manta.
El Señor Gómez se limitó a reírse cuando le confesé por qué se había incendiado mi cuarto. Le parecía curiosa mi pasión por la lectura.
Con el tiempo y la muerte de su esposa, unos dos años después de mi llegada, su risa se perdió entre lágrimas para mezclarse en el rostro del que no tiene con quien hablar y se embeleza compartiendo con quien le preste oído.
Como un loco, me hablaba de cosas increíbles. Mas esta vez no sólo le escuchaba, le entendía.
Sus labios, rojos por el licor que ingería a toda hora para disipar su “modorra santafereña”, me hablaban de raros y extraños sucesos que con el tiempo se fueron, desafortunadamente, volviendo comunes para mí.
Sus historias, que un principio pensé fantásticas y remotas, como los cuentos de caballeros que leía, se escondieron del día en el dominio de Chia. Nunca más las volví a oír a la luz de Xué.
“¡Nüsh Sugoth!” - maldecía borracho y perdía el conocimiento.
A la mañana siguiente, como si nada, se disponía a sus labores “feudales”, o así llamaba él a golpear a mi gente.
Mi gente (¿mía? no, ahora los “míos” también me trataban mal) me oían hablar el español de los chapetones y ahora me odiaban tanto como a ellos.
Sin embargo, mi sonrisa nunca se alejaba de Bacatá, mi tierra. Me gustaba pensar que algún día la gente a la que una vez pertenecí, me rescataría y me considerarían uno más entre ellos.
Iluso.
¿Dime noche por qué tenía que pasarme esto?
Con todo el poder que ahora poseo sólo quiero terminar con mi vida.
Las lunas pasaron como si fueran segundos. Mi pelo, que siempre había sido claro, se ennegreció al avanzar mi edad y perdí los rasgos de niño. El señor Gómez, queriendo inútilmente salvar mi alma, arregló mi estadía en la recién inaugurada iglesia Primada.
Hubiera preferido labrar pantanos. Mis días se amargaron al conocer al Dios silente que veneraban ente las paredes de este antro de silencio y perdición.
Hoy maté al padre Hidalgo Costilla. Él se lo buscó; ya estaba muriendo cuando lo encontré. Sólo me limite a terminar lo que él había empezado.
Lo conocí a los pocos días de empezar mi trabajo en la iglesia. El recién llegado Hidalgo me pidió que sacara sus pertenecías y las acomodara en sus aposentos.
La mitad de las cajas que traía estaban llenas de libros. Libros gordos, pequeños, largos, altos, viejos, nuevos, desgastado, podridos, en cajas, en cofres, en cuero, en tela, en lienzo, en papel y rollos en papiro.
En ese entonces creía que también había libros para leer y para ver.
Llegué a esa conclusión cuando al tratar de leer algunos, las letras no me decían nada. Algunas se podían ver pero no leer.
Cosa que me disgusto muchísimo, el Señor Gómez me había dicho un día cuando estaba sobrio, que al aprender a leer, todos los libros y sus historias se abrirían ante mi.
Mi cara de enojo debió sorprender mucho al padre en su toga negra y lo movió a preguntarme la razón de mi expresión.
Contesté como me habían enseñado - “Señor, no los entiendo. Estos nuevos libros de ver no los entiendo”.
Se sorprendió mucho al darse cuenta que sabia leer.
Después de hablar un rato, me explico que el español era solo una de las lenguas modernas del mundo, que había muchas y que algunos de esos libros estaban escritos en lenguas muertas, que antes habían sido habladas y escritas por otros pueblos. Entre las que destacó el latín, el griego y el arameo. Hizo mucho énfasis en que algunas de esas lenguas estaban prohibidas y ningún hijo de Dios debía hablarlas.
En ese momento no entendí el comentario.
Sólo cuando me di cuenta que me trataba como un animal, supe que no consideraba que teníamos el mismo padre celestial y quería tener acceso al conocimiento prohibido guardado en esos libros a través de mi.
Quería escapar del pecado en mi lectura.
Desde entonces han pasado muchas noches como esta.
En ese que fue mi cuarto, el más alto de la iglesia, nos encerrábamos a estudiar lenguas antiguas. Durante el día él se iba y me dejaba para que continuara leyendo. En las noches me escribía listas de nombres extraños que debía buscar entre los libros y asi continuaban las lecciones de la noche anterior.
Conmemoré los 5 años de haber entrado a la maldita estructura, sin haberla dejado más de 2 días, encontrado uno de los nombres por los que siempre me preguntaba.
Tenía que ser ese, pues no podía pronunciarlo y tampoco leerlo. Apenas recordaba el murmuro que hacían sus labios cada vez que lo mencionaba.
Poco a poco descubrí los otros nombres y se quedaron en mi mente hasta volverse comunes, se adentraron tanto en mí las lenguas que hasta con naturalidad corregía las lecciones de mi captor-tutor y él atendía a mi voz.
¡¡A mi voz!!
La misma con la que hoy invoqué al satanás bíblico para que me hiciera olvidar todo a cambio de mi alma.
La misma voz que lo maldijo cuando se negó a ayudarme y se fue.
Siete veces siete lo maldije hasta que lo obligué a volver para quedarse como espectador.
“Lo siento, estas fuera de mis dominios…” – me dijo con voz lacónica mientras miraba al cielo – “…de nuestros dominios. No nos perteneces.”.
Se quedó unas horas hasta que se volvió a ir y no lo volví a llamar.
Bachué y Bochica se negaron a responderme.
El cuerpo del Hidalgo se enfría mientras le grito esto al viento. Sus feligreses lo mantuvieron caliente mientras que lo insultaban en silencio en el podio. Siempre regañando, siempre advirtiendo, siempre atemorizando.
“Scire, tacere” - me dijo tratando de intimidarme mientras me entregaba un libro que no me había dejado devorar antes y se alejó pidiéndome con eso el silencio del que conoce más de lo que un hijo de Dios debería saber.
Las páginas negras del volumen me aterraron, con la luz de las llamas se veía brillar en su interior en fulgor muerto de pequeños hilos de plata que se entretejían para contar su historia. Latín. Del Viejo. Nada eclesiástico.
Durante tres semanas enteras me dediqué a estudiar este nuevo tomo sin parar. En sus últimas páginas me di cuenta de su incompletitud, de su alarde a la verdad pero de su conocimiento limitado.
En ese momento mis ojos se torcieron por el hambre. Golpeé la puerta con mis manos y mis uñas se astillaron por la madera que me aprisionaba. Unos minutos después llego él. Con el mismo plato de siempre, con ojos piadosos. “Casi un ángel”- pensé. Mientras engullía el potaje aquel, no puede evitar escupir algo de comida al reír en silencio.
Trató de salir pero lo detuve sin tocarlo. Mis ojos siempre esquivaban los suyos.
“Está incompleto” – me quejé entre bocados.
“Es apenas el primero” – respondió.
Mis ojos se abrieron de par en par y el aire se bloqueó en mi garganta por el pan.
Había más.
“¿Dónde están?” – me incorporé para mirarlo a los ojos.
Mi figura debió asustarlo, siempre me había visto sentado. Excepto, hace 8 años cuando me pidió que organizara sus cosas. Los días de postración ante sus tesoros letrados debieron haber labrado en mí su marca. Ahora mi estatura superaba su estampa. Su boca se abrió de golpe, seca y sin aliento al verme.
Ese día en mi cuarto-celda, se dio cuenta que mi cuerpo había crecido mal. Me bajó de la torre con cuidado de cerrar con candado antes de partir. Mi peso, atontando sus pasos, casi lo vence en la escalera.
Los médicos se esforzaron por darme un mejor aspecto, sin suerte. En mis adentros esperaba que conjuraran algún hechizo poderoso para que restituyera mi fuerza, mis ganas de luz. Sólo me traían polvos y grumosas bebidas que nada hacían en mí.
Creía que me consideraban indigno de practicar su magia en mí. Creí que poseían en sus cabezas el conocimiento de mil libros. Creía que realizan grandes ceremonias en Tinjacá o en Hunza y que de sus orillas sólo me traían las cenizas de las brazas mágicas.
Estúpido.
Nemquetaba perdóname, enseñaste mejor a tu gente.
Los españoles temían a todo el arte.
La mayoría no lo conocían y los más ignorantes se limitaban a ir a la misa con miedo.
Mis ojos no pudieron ver la luz del sol nuevamente sin lastimarse; mi corazón ardía en vergüenza propia. No estaba siendo privilegiado. Este conocimiento en mi seno no era su conocimiento. Temían todo lo que ahora yo representaba.
Ellos me habían sacado de mi tierra y ahora me habían abierto las puertas para sacarme de la de ellos.
Malditos.
Dentro de mí latía un odio ajeno al de un ser humano.
Por mi mente se paseaban los términos y enseñazas de las mil y una páginas obscuras, que simplificaban mí pensar y lo agilizaban, perdiendo control completamente de mis emociones.
“Gilt`süt!” – Grité en mi lecho de recuperación.
Mi cuerpo se endureció como la roca de la montaña.
“Estid Sigfuthl!” – dije al nuevo movimiento que ahora empezaba.
Se abrió mi pecho dejando salir nueva sangre, sin dolor alguno.
Mis huesos se enderezaron y me erguí aún más alto.
Subí entonces a la habitación de la torre y encontré al padre postrado frente al libro negro, convulsionando. Creo que lo mate por compasión, por evitarle el dolor en que se encontraba. Fue entonces cuando llamé a Satanás sólo para que riera de mi intento de olvido.
Después con mis palabras me elevé hasta este lugar, donde el agua cae y se estrella contra las piedras de Bochica. En esta tierra donde encontré la llave, parado ante el vacío de la noche, abriré la puerta y pondré un pie afuera.
Para siempre.
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